Carta de San Valentín

Querido esférico:

Hola, viejo amigo. Tal vez te sorprendas cuando te llegue esta carta; pues es probable que no la esperes. ¿Cómo va todo? Sinceramente, espero que bien. Seguro que, al menos, estás disfrutando más que nosotros. No tengo muy claro hacia que buzón enviar esto, porque no tengo forma de saber dónde estarás hoy. Quizá andes rodando por Dortmund, alucinando ante una de las mejores aficiones del mundo. O puede que no, y hayas preferido tomar el puente aéreo, para disfrutar de las galopadas que se ven a menudo en Chamartín. A lo mejor, y sería entendible, andas por Manchester. Sé que desde que nos conocemos te ha gustado visitar a aquellos que te tratan bien para agradecerles su esfuerzo, y Pep siempre ha sabido entenderte. Mejor que ningún otro, tal vez; porque Johan, por desgracia, ya se fue.

Estés donde estés, en este momento siento la necesidad de escribirte. Es San Valentín…¿Sabes? El día del año en el que aquellos que sienten cariño el uno por el otro se felicitan y se hacen regalos. Y hoy, precisamente hoy, me siento solo. Qué duro ¿no? Supongo que te habrás enterado, porque siempre te las arreglas para estar en todas. 4-0, tío. Cuatro. No sé qué hechizo se ha apoderado de los nuestros en esta fría noche parisina; no sé qué diablos ha pasado. Solo sé que Leo estaba perdido entre la artimaña de los franceses, sin ni siquiera fuerzas para correr. Sé que Andrés (tu Andrés) era hoy solo una sombra difusa, un bailarín con patines de hielo en pleno parqué de césped. Sé que Ney lo intentaba sin parar pero que, como yo, estaba solo. Qué hostia, tú. Pocas veces me he sentido igual. Tal vez la sensación que tuve aquella aciaga tarde de Abril en Múnich, hace cuatro años, se parezca. Pero eso quizá me lo esperaba. Lo de hoy, no.

Es verdad que el día que decidiste dejarnos para acompañar a Torres, Drogba y Di Matteo hacia esa portería del gol sur del Camp Nou; sepultando así cruelmente al mejor equipo que han visto mis ojos, lloré. Es la única vez que lo he hecho por ti. Y siempre me cuesta confesarlo, pero hay que ser valiente. Dolió. Aquel día, aquel fatídico día. Ese 24 de abril de 2012. No sé qué hicimos mal, pero te fuiste. Algo se rompió, se acabó. Y ahí empezó todo. La inestabilidad, la montaña rusa. El caos.  Desde entonces, hemos vuelto a intentarlo muchas veces. Y, por mi parte, no he cejado en el empeño. Porque creo, de verdad, que lo nuestro funcionaba. Valió la pena, ¿no? Todo lo que vivimos. ¿O me vas a decir que no te acuerdas de aquel partido en el Bernabéu? Estuvo bastante bien, admítelo. Casillas todavía te anda buscando después de verte seis veces detrás de él, lamiendo la red. Eran buenos tiempos, antes de que lo defenestraran. O, por ejemplo, aquel gol de Andresito en Londres. Anotado, por cierto, al equipo con el que luego te irías, destrozándonos. Fue una noche perfecta aquella, la verdad. No te olvides de que ahí estaba Ovrebo, para añadir un poco de picardía al asunto. El noruego nos dio un empujoncito, para qué negarlo.

Pero no todo fueron rosas, obviamente. También hubo otros guerreros que intentaron separarnos, como aquel infame conquistador y galán portugués del 5-0 y el dedo en el ojo, de cuyo nombre no quiero acordarme. ¿Por qué? No lo sé. Je. O el belga que anuló ese gol a Bojan por mano inexistente un año después. Si no fuera por ellos, tal vez hubiéramos triunfado en la final de Madrid. No nos dejaron estar, pero no nos importó. Eramos fuertes, entonces. Indestructibles. Y, además, pudimos vengarnos. Incluso el pobre Ferguson tuvo un retiro amargo por nuestra culpa. De eso quizá nos arrepentimos un poco. Dos finales perdidas en tres años, chaval. Lo siento, Sir Alex. Era nuestro momento.

En fin, que pierdo el norte con tanto recuerdo. El motivo de esta carta era doble. Por una parte, pretendía recapitular, aclarar un poco mis ideas. Hoy todo es malo, pero es cierto que tuvimos un pasado feliz. La hemeroteca estará ahí, siempre. Pero, sobre todo, me gustaría, hoy, 14 de Febrero, pedirte algo: Por favor, vuelve. Te necesitamos. Sé que nos hemos engañado mutuamente, sí. Pero los dos sabemos que no ha sido igual. Incluso, hace un par de años, cuando todo parecía sepultado y sin retorno, resurgimos. Y ganamos otro triplete, tío. Qué bonitas parecían las contras entonces. Cómo molaban las genialidades de la MSN, los chispazos de Rakitic, el poderío y el liderazgo de Gerard, la magia de Iniesta, la solvencia de Busi. Y encima, además, a veces nos visitabas. Cuando más lo necesitábamos, cuando estábamos perdidos en esa maraña del juego directo de Luis Enrique que pretendía alejarnos de ti. Porque, en el fondo, seguías estando ahí, aunque no te viéramos tanto. Está claro que, por mucho que lo nuestro acabara mal, a veces te acercabas para ver a tus héroes. Para saber cómo le va a tu creación, que un día fue perfecta y hoy no se reconoce a sí misma. Ese fue el problema. Otros se atribuyeron tu mérito y, borrachos de victoria, creímos que no te necesitábamos para nada. Que podíamos volar solos, sin tocarte. Ay, cómo nos equivocamos. Hoy, pagamos el precio.

Pero quizá no sea tarde, a lo mejor aún hay tiempo. Por favor. Vuelve. Es verdad que no será lo mismo. Ya no está Xavi para mimarte, para marearte, para lanzarte al ese hueco minúsculo en la defensa que solo él veía. A mí también me duele. Tampoco está Carles, ni Víctor. Es cierto, no es igual. Pero esta es tu casa. Te necesitamos. Tal vez ni siquiera contigo remontemos la eliminatoria, pero hoy no quiero la remontada. Es un mal menor. Quiero un futuro, para ti, para nosotros. Porque el tiki-taka aún está aquí. No ha muerto. Se oyen sus latidos cerca, adormitado, disfrutando del reposo tras la tempestad del triunfo exhorbitado. Por favor, despiértalo.

Atentamente

F.C. Barcelona

 

 

Fuente imagen: El Confidencial

 

Autor: Paco Sánchez

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