Nantes y un después #4

Esta última semana fue como no haberse ido. Ni de un sitio ni de otro. Aunque Nantes me recibió con un Mac encima de la cama y con el cielo triste. Cuando me asomaba a la ventana me acordaba de la terraza de mi casa y un color que tendríamos que patentar: el azul Madrid. Cuando llovía y hacía gris bajé a hablar con la recepcionista. Una nicaragüense con dos piercings en la lengua y mi quinta madre dentro del hotel. Me dijo que quería venir a trabajar a España y yo le hablé de los hoteles que tendría Joaka, pero que mientras podría probar suerte en el Parador de Mazagón, que es mi favorito.

Después, los días siguientes, vinieron mis amigos a la habitación y fundamos un grupo de música. Una armónica, un ukelele, varios mirando y ninguna voz.

Esta semana volví a cocinar, tras largos días alimentándome de perritos calientes y los platos que me prepara Quique. Hice calabacín con huevo porque me recuerda a mi abuela y estaba riquísimo. Tras ello me retiraré de la cocina, como haría Salinger. Un plato bueno y adiós, sin dejar ninguna explicación.

Por la tarde fuimos a clase de francés. Un escenario repleto de chinos. Es curioso porque los chinos siempre son muchos. Porque lo son o porque se hacen pasar por chinos. Los coreanos, los indonesios o incluso los chinos. Justo una coreana se despistó en clase porque estaba comprando entradas para el Barça-Inter de ahora mismo. Los chinos son los tipos más graciosos del mundo. Y eso que allí no toman drogas y muchos de ellos ni son chinos.

El viernes, ya de noche y cuando más viento hacía, salí a jugar al Ping Pong con Quique con una pelota que parecía un huevo duro agrietándose. Le gané 21-7 y no se atrevió a quejarse de nada. Por la noche nos lo pasamos increíble.

Estuvimos con Jorge, un tío guapo y sensacional. Además vino a salvar el Erasmus de toda España: él estudia por todos. Nos presentó a su clicka de andaluces y luego me dormí en los momentos decisivos. Yo que sé, el desembarco de Normandía triunfó porque Hitler se quedó dormido hasta mediodía. A mí me pasó en Ucrania.

La semana la cerramos con el derbi y la confirmación de un descubrimiento. Como en casi todos los partidos grandes, lo mejor fue la comida. Y el descubrimiento, mejor para la próxima.

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