Al final

Cuando hay un partido grande te mides el gafe desde por la mañana. Pero esta vez, pensando que el partido grande se jugó en martes, no me puse el termómetro hasta el primer gol de la Juventus. Y ardía, coincidiendo con un momento indeseable: cuando supe que había perdido mis pantalones favoritos. Me quedé en la calle buscándolos, asumiendo que caerían más goles italianos y que el futuro de mis pitillos negros pintaba de su color. Perdido, llegué a casa, en pantalones cortos y sin nada de frío, porque en el salón me esperaban dos focos que ardían: la mirada de mi madre, conocedora del terrible extravío, y la televisión, con un 0-2 en su rostro y Benzema en el banquillo. Ya era el minuto 45. Y tras explicarle a Jelen que yo nunca pierdo nada pero que nadie en su sano juicio robaría unos pantalones tan pitillos, me puse al partido.

De pronto, otra vez el gafe. Tenía de cena una tortilla de cebolla, no con cebolla, y pulpo, una cena tan extraña que solo podríamos caer eliminados. Keylor se esforzó por cumplirlo y Zidane me dejó sin Karim en los minutos más decisivos de la temporada. El Madrid jugaba bien pero la Juve tenía el día, reflejada en Douglas Costa. El típico personaje de peli al que no se le espera, pero que acaba matándolos a todos. No fue así. Los blancos se pusieron a atacar en los últimos diez minutos de juego como si los entrenase Sergio Ramos, bajo la custodia de una zaga de lunáticos. Varane y Vallejo, tan veloces como líquidos. Asumiendo el riesgo que corrían, el Madrid, sabio y lejano a la Juve, lo fiaría todo al frente. Y yo, en una maniobra que fue como una estaca para el gafe, me cambié de sitio. Me tiré a la alfombra.
Y Lucas, que me vio, se tiró al césped del Bernabéu tras ser golpeado por un anónimo resignado, como tantos otros que no son del Madrid. Había que pararle, porque veían lo que iba a pasar. Ellos dicen que no fue penalty, como cuando un chico le dice a su madre que sí se ha lavado las manos. Pero el que manda, Cristiano, dijo la verdad. Y sin camiseta pero con pantalones me recordó que ya solo nos falta recuperar una cosa: mis pitillos negros. Pero será justo al final.
Fuente Imagen: El País

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