Lo más importante

En esta última semana me han pasado tantas cosas que yo creo que lo más justo es hablar de la menos importante.

El domingo, después de salir de la redacción, fui con mis mejores colegas de clase a cenar al Nebraska de Bravo Murillo. El único Nebraska que sobrevive al poder de su receta secreta: la del mejor perrito caliente de la historia. Y cuando estábamos terminando, con la conversación más baja, nos dimos cuenta de lo que hablaban los de detrás. Era una primera cita. Yo no les podía mirar porque estaba de espaldas, y menos mal, porque seguramente el tío me habría pegado al verme enlazar varios ataques de risa. El tipo hablaba rollito canallita, pero con un discurso que no se atreverían a parodiar ni los de Pantomima Full. “En mi vida le dedico tiempo a todo, al gimnasio, a mis colegas, a cuidarme, pero con las mujeres nunca me he preocupado. Es como algo que tengo pendiente. Y, es que, en realidad, siempre han venido a mí, no las he tenido que buscar”, le comentaba a la chiquilla. “De hecho, hace unos findes, me di cuenta que una chica en la discoteca quería mambo, quería samba, y me la tuve que quitar de encima porque yo no quería, sabes”, continuaba el colega. Y alternaba sus autodescripciones con una teoría que defendía una enfermedad extraña dentro de la homosexualidad. La chica no decía ni una palabra, quién sería capaz, mientras nosotros nos fuimos de la risa.

Al salir, y después de imitar las frases más ilustres del filósofo de Bravo Murillo, me paré a pensar. Rodra, imagínate que tus colegas pudiesen ver por un agujerito tus primeras citas. Y me entró un escalofrío de tanda de penalti, pero seguí pensándolo y me volví a reír. Y desde ese día, el domingo, me trato de mirar por un agujerito en cada momento. Y si me río, es que estoy molando. Al fin y al cabo, es lo más importante.

 

Fuente imagen: OkChicas

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