Loquesí y loquenó #12

Lo que me hizo feliz y lo que no de la semana pasada 

Lo que sí

Mirar por la terraza. El verano siempre lo he empezado desde mi terraza. Mirando. Por eso soy un cotilla. Esta semana vi una lata de cerveza que se quedó en mitad de la carretera, y tres coches le cambiaron la forma. Como si tuviesen esa misión. También me asomé una noche después de leer una entrevista a Lenny Kravitz, y pensé en cuántas locuras serían suficientes para quedar satisfecho de una vida. 

Una equivocación. El martes por la tarde fui a tomar algo con mis colegas. Y volviendo vimos un coche justo delante en el que pensamos que estaba Garxi. Le dijimos a Cube que se pusiera al lado para saludarle. Bajamos la ventanilla y yo le saludé como cuando saludas a alguien que llevas tiempo sin ver: sacándole el dedo y poniendo cara de concierto de rock. Resultó no ser Garxi, y justo al segundo siguiente había un semáforo. 

Todo está bien. En mi familia se repite algo últimamente: el día antes de un viaje detectamos algún problema con nuestra salud. En la víspera de viajar a Tenerife estuve ocho horas en urgencias porque me dieron mal unos análisis. La semana pasada me los repitieron y ya todo está bien. Incluso mi madre salió admirando mis niveles de hierro. 

El ping pong. En la pasada semana perdí a un deporte de raqueta las mismas veces que en toda mi vida: dos. El culpable fue Álvaro Sánchez y tuvo que rebuscar tanto que fue al ping pong. Odio no poder ganar, un odio de verdad, del que se te incrusta. Pero yo que sé. Con Álvaro me fui contento después de perder. Aunque será la última vez. 

Las preguntitas. El sábado tuve barbacoa con mis amigos. Aunque no había ni barbacoa y solo comimos hamburguesas. A la hora de la sombra salí de mi siesta y todos estaban reunidos pero calladitos. Así que me puse a hacerles preguntas. ¿Vosotros a qué edad os queréis casar? ¿Y a qué edad tener hijos? Al principio no querían pero después acabaron respondiendo por turnos, según el orden de las agujas del reloj. Moló porque hasta Raúl acabó diciendo: «Venga Rodra, ¿ya se te han acabado las preguntitas?».  

Una charla. Quizás la última del curso, en el parque de Álvaro con Del Ama. Un parque sin luces, decepcionante para ser de un barrio rico. Con ellos lo que más mola de salir de fiesta es lo que hablamos antes. Aunque en la fiesta me hizo ilusión volver a ver a Edurne. Es una chica que impone, ahora con un tatuaje que atraviesa su tripa, pero con una voz tan dulce que le delata. De la uni hemos aprendido que Navarra es un sitio guay. Sobre todo Álvaro. 

Lo que no

Los dos tipos de amor. Esta semana me he puesto triste porque el amor no es solo uno. Hay dos y son muy distintos. Uno te atrapa, te inquieta y te vuelve loco, en poco tiempo. Y el otro es cotidiano, lineal, correspondido y largo. Aún no me apetece asumirlo. 

Estudiar en verano. Mis abuelos siempre me habían dicho que uno de los mejores premios de aprobar era no estudiar en verano. Este año me toca, pero por probar, no por otra cosa. Y es horrible, porque en verano tu cabeza solo piensa para hacer planes. Y solo me puedo concentrar de noche y mirando por la terraza. 

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