Picarse

Mis padres a veces me lo recuerdan. Cuando era pequeño, lo primero que hacía al llegar del colegio era meterme debajo de la mesa del salón. Ellos aún no se lo explican. Yo creo que sí: me picaba porque me dejaban 8 horas en el colegio y luego me recogían como si nada, como si ir a clase estuviera bien.

Desde esos años me llevo picando, por lo que ya soy un experto. Mi última vez fue el sábado por la noche, tras perder una partida de póker magistral, truncada por lo de siempre: el desenlace. Al perder, recordé lo que hizo una vez una chica que quiero. Jugando al parchís en un bar, ella me perdonó comerme una ficha. Y a la jugada siguiente, yo no la perdoné. Con una ficha menos, me miró, se levantó y se fue del bar: “no me has podido hacer eso”.

Como me pico mucho, he concluido, por obligación, en que es algo divertido. Pero nunca me he enfadado. Porque un enfado reúne lo malo del instinto y lo peor de la razón. Y porque a veces hay que mirar las cosas desde otra posición. Como debajo de la mesa.

 

Fuente Imagen: Un buen pique

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