Mancha

Es asqueroso. Asqueroso. Los dedos en carne viva, empapados en sangre y tierra húmeda. Extiendo las manos ante mis ojos que imagino desorbitados y rojos y sufro una arcada. ¿Estoy soñando o estoy muerto? Mis manos parecen las de un muerto, de eso no hay duda. Temblorosas y retorcidas en nudos crispados. Me dan vergüenza, me las meto en los bolsillos del abrigo y me alejo andando con paso rápido. Un pájaro echa a volar con un aleteo furioso y me asusta, pero nadie nos ve.

La humedad es lo peor sin lugar a dudas. Te cala los huesos y se pega a ellos con esa sensación gelatinosa que nunca se va. Me sigue a casa y me arranco la ropa y me sumerjo en una ducha de agua ardiendo. Me froto frenéticamente, hasta que duele, pero esa humedad viciada y putrefacta no se va, sigue agarrada a mis entrañas, corrompiendo mi cuerpo por momentos. Dios. Me derrumbo en el suelo de la ducha con el agua aún corriendo y vierto mis lágrimas por el sumidero.

Me despierto en mi cama pensando en los ojos del cervatillo, tan llenos de vida. Le envidio enormemente mientras me incorporo, sintiéndome pesado y lento. Todo me cuesta, todo me cansa mientras en mi mente siguen bailando como sombras los pensamientos. Me hablan de mi madre y de mis hermanos. Me hacen sentir solo y débil. Recuerdo las calles de adoquines manchados y las risas burlonas. Recuerdo el frío de mi habitación y el monstruo que trepaba a cuatro patas por mi techo, su aliento acre en mis noches.

Puede que fuese entonces cuando me puse enfermo y no ahora, pienso. Puede que eso haya estado agazapado todo este tiempo. No lo sé. Hay una mancha en mi pecho, hacia el costado derecho. Mirándome en el espejo no se ve porque está bajo la piel, pero se extiende,  y es negra como el alquitrán. No puedo volver al médico, no voy a hacerlo. Los doctores son gente siniestra, nunca sabes lo que van a hacerte.

Además sé lo que tengo que hacer aunque no me guste pensarlo. Oh, pobre cervatillo, tan alegre. Se me humedecerían los ojos por ti si no hubiese gastado ya todas mis lágrimas. No volveré a llorar nunca, nunca más, y no sé como sentirme por ello, cervatillo. Quizás eso es la mancha que crece, la tristeza que no puede salir. Tenías los ojos nublados cuando te vi, pero tan hermosos, tan colmados de años de reluciente felicidad…

Me decido y tras lavarme tres veces las manos, salgo a la calle envuelto en mi abrigo. Hoy llueve poco, aunque el día es salvajemente oscuro. El frescor casi me duele en la nariz al abandonar el aire viciado de casa. Las calles son todas iguales, como las personas. Grises y planas; creo que no soy el único que está enfermo cuando los veo.

Abandono la ciudad después de caminar durante horas. Tiempo es lo único que tengo. Y paciencia también. El paisaje muda de piel y los grandes edificios se convierten en bosques y casas bajas y humildes. Todo está más tranquilo menos yo. Mis pensamientos ya gritan, me arañan la cabeza desde dentro. Es horrible, cervatillo. Duele, pero sigo caminando hasta la salida de un pueblo pequeño y allí me siento y me agarro las sienes con desesperación. Ya está oscuro y me permito descansar las piernas, estoy agotado.

Espero y espero hasta que la veo, igual que tú, cervatillo. Tan grácil que no parece tocar el suelo al andar, su pelo rubio brilla en la noche. Y yo tan negro por dentro, tan triste que me enfurezco. Quiero eso que tiene ella, quiero su ligereza, que me la dé. Me acerco a trompicones y se lo pido primero, pero ella no responde. Intenta correr pero ya la he agarrado de la muñeca. Se resiste, me golpea sin fuerza. ¿Por qué tú también me pegaste, cervatillo? ¿Por qué me obligaste? Ella va a empezar a gritar, pero no puedo permitirlo. No sin que me dé eso que guarda y a mí me falta. No sin que me dé la cura que necesito. Lo siento de veras.

Ahora estoy seguro, me he  convertido en el ser que reptaba por mi habitación, ahora es ella la que respira mi aliento podrido. Palpo en mi bolsillo hasta dar con el tacto áspero de una piedra roma; sigue pegajosa. Para cuando impacta sobre su cabeza, sus ojos me recuerdan a los tuyos, cervatillo, volviéndose vidriosos e inertes entre mis manos de muerto. Un pájaro grazna y huye. Estamos solos.

 

Autor: Roberto García

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